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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Carlos Gómez (1945-2014) - Document Art Gallery. Presenta: José Luis Landet


Es necesario comenzar este texto definiendo lo que él contiene como los avances de una muy reciente investigación en curso, movilizada por la urgencia de esta exhibición desencadenada a su vez por la repentina muerte de Carlos Gómez (1945-2014) y que busca dar cuenta espacialmente del mapa mental y artístico de este artista hasta ahora desconocido y rescatado por José Luis Landet. Por esa razón, el presente ensayo detalla los primeros pasos de aproximación a la obra de Gómez, asumiendo los errores y vacíos que pueden existir pero también declarando abiertamente el agradecimiento por el encargo del curador y la ayuda dada por la galería.
Si hay algo por lo que se han caracterizado los últimos 15 años del espectro crítico contemporáneo ha sido la revalorización y comprensión plena (historiográfica y artística) de la neovanguardia argentina en medio del complejo entramado cultural[1]; pero también la presencia cada vez más ineludible de los archivos, de los documentos como parte de un universo visual significante.
En ambos casos la galería Document Art fundada en 2009 cumple con ambos objetivos: solidificar la singularidad del arte latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX y darle visibilidad a su costado más efímero, es decir, las producciones documentales que acompañaron en muchos casos las experiencias, las performances, las reuniones, las jornadas, las opiniones que se volcaron durante esos años en Latinoamérica (me refiero a efímeras, catálogos, manifiestos, volantes, panfletos, revistas, afiches, etc.)[2]
En este contexto a la obra de Carlos Gómez presentada por primera vez en Buenos Aires por el artista visual José Luis Landet es posible pensarla en una primera instancia como un caso ideal para los objetivos de la galería: recuperar, documentar, innovar. Y no casualmente éstos son verbos que también pueden pensarse para explicar la última etapa de la obra de Gómez, la más sorprendente.
En este caso las obras de Carlos Gómez son tales porque así se presentan y porque así hubieran sido conceptualizadas tanto en aquellos años como ahora, pero a la vez se presentan como documentos de un período biográfico en que el artista no las pensaba, al menos, como producciones artísticas exhibibles ni con intervención mínima en cualquiera de los sectores del campo artístico de Buenos Aires de la década del 90 y principios del siglo XXI. Las “cosas” de Gómez son obras y documentos: quiebran los límites entre producciones visuales protagonistas y elementos secundarios. Cuadros, intervenciones, registros fotográficos y fílmicos, escritos personales, fotografías íntimas, cartas, tienen todos el mismo estatuto de objetos. Heidegger enloquecería, José Luis Landet entendió su potencia.

(Re)construcción

Landet conoce por primera vez a Gómez en 2010 mientras éste vendía algunos de sus viejos cuadros en el Parque Lezama de la Ciudad de Buenos Aires: “Creo que yo estaba dando vueltas por el parque para distraerme un poco, en la época en que tenía el taller ahí cerca (...) Entonces lo encontré a Gómez con el pelo bastante largo para un viejo, y desprolijo, que vendía cuadros muy buenos ahí nomás y a bajos precios. Claro que en ese momento yo no le había dado importancia a las obras en sí: lo que más me llamó la atención fue que, según recordaba, ese mismo tipo de obras Gómez podría haberlas vendido a mucho mayor precio en los mercados de pulgas de la zona o incluso en las galerías... te digo que había paisajes excelentes. (...) El tema es que me puse a charlar con él y me dijo que algunos de los cuadros que vendía eran suyos, de los otros no me dijo nada, pero que necesitaba esa plata para comprar hierros y otros materiales. Bueno, le conté que yo también era artista plástico y desde ahí empecé a visitarlo más seguido en el parque hasta que empecé a ir a su taller. Durante estos cuatro años nos hicimos muy amigos y me fue mostrando la obra, por decirle de algún modo, que vamos a exhibir porque por suerte como que eligió dejarme sus cosas”[3]



Tomando como referencia esas charlas y algunas de las pocas fuentes documentales que hemos podido rastrear hasta el momento, intentaremos reconstruir y dar cuenta de la vida de Carlos Gómez y de todo ello que explica la obra que aquí se presenta.
Carlos Gómez nace en la provincia de Buenos Aires en 1945, hijo menor de un padre asturiano dueño de una ferretería, y madre suiza ama de casa. El menor de tres hermanas, comienza su vinculación con la pintura asistiendo al taller de un artista del barrio que él mismo recuerda con mucho cariño. De sus años de juventud recuerda las conversaciones y fuertes discusiones con su padre, que había participado en las milicias asturianas, sobre política internacional. Pero también recuerda, apenado quizás, haber comprendido tarde su postura.
Es así que, de acuerdo a la presencia de algunas firmas en documentos partidarios y a las propias menciones en su diario, podemos asumir una militancia por ahora tímida en las agrupaciones políticas de su ciudad natal durante años de proscripción peronista.
Respecto de su pintura es complejo reconfigurar y dar cuenta de las primeras etapas de la obra de Gómez debido, fundamentalmente, a que en el momento de entablar vínculo con Landet, Gómez ya casi se había deshecho de esas primeras obras o bien las había transformado en otras producciones, que mejor se adecuaban a las necesidades estéticas (y políticas) de sus últimos años.
Ayudados entonces por esos restos materiales, y por muy pequeñas referencias escritas sobre ella, es posible ubicar la temprana obra de Gómez dentro de una pintura de tono realista, más inclinada hacia la paisajística tradicional y los retratos con ocasionales intervenciones en las escenas de tipos y costumbres coincidentes con su viaje al Noroeste argentino. A modo de hipótesis podemos observar una agudización de ciertas características plásticas expresivas en su obra pictórica vinculándolo a un realismo más sintético y dramático. Leer el comentario del crítico de arte y poeta Elías Franco ayuda a confirmar aún más esa atribución estilística: “No hay un triste anecdotario costumbrista sino un programa político en esos paisajes de ranchos, en las figuras esquemáticas, en el contraste entre los fondos de cielos y la materia densa de los primeros planos, lograda mediante la aplicación de capas pictóricas, raspadas con espátula y nueva suma de materia al punto de confundir formas, figuras y horizontes”[4]
Es en estos momentos en que Gómez, sin razones todavía encontradas, decide trasladarse más cerca de la Ciudad de Buenos Aires donde, además de asistir a las clases que Eduardo Windsor impartía en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, conoce a quien será su esposa hasta su fallecimiento en 2010 y con quien formará una familia (ver “Retrato de familia”, en exhibición)



Siguiendo las reconstrucciones que se pueden hacer por las menciones que hace en sus cuadernos respecto del pasado militante, esta parece ser su vinculación más fuerte con las agrupaciones barriales de la izquierda peronista de Buenos Aires. Movilizado, suponemos por esa corriente ideológica, decide en 1972 trasladarse junto a su esposa a la provincia de Salta y reside allí por seis años.

Nuevas geografías, nuevas orientaciones

Esta nueva geografía no solamente le permitirá modificar su pintura, como es el caso contrastable de su obra “Changuitos morenos” (1975, Colección Camilo Gómez), que recibe una mención en el Salón Nacional de la Provincia de Salta en 1975 en que el empaste y la abstracción de las formas asombran por su rasgo casi displicente como si hubiera comprendido, mientras mantenía su militancia cotidiana, que a su pintura ya no le quedaba mucha vida; sino también modificar gran parte de sus basamentos ideológicos.
En aquel momento al parecer álgido Gómez coincide oportunamente en la misma provincia con Rodolfo Kusch que lo llevará a realizar sus primeros e incipientes cuestionamientos ideológicos, filosóficos y por lo tanto plásticos también.
“El encuentro con Kusch, al que Gómez le decía “el doctor”, lo fui reconstruyendo con distintas menciones que me hizo desde que lo conocí. Al parecer fue increíble esa amistad porque, pese a la diferencia de edad y de formaciones, dialogaban hasta altas horas de la noche. Me hablaba sobre la dualidad indígena y la indistinción entre arriba y abajo, cosas respecto del horizonte y de la prolijidad. Yo no lo entendía muy bien todavía (...)”[5]
Su relación con Kusch, más que nutrirlo de nuevas iconografías y sentidos nacionales (porque si hay algo que los unía era justamente su posicionamiento humano), parece haberlo imbuido de una novedosa estructura de trabajo que recién tendrá su manifestación cuando, ya fallecido Kusch, Gómez viaje a España y a la Unión Soviética con apoyo del Centro de Cultura Iberoamericana. Aquellos diálogos, que por ahora es posible construir ayudados por la carta sin fecha que Kusch le envía a Gómez (en exhibición), deben haber significado para él un “camino de Damasco”: la novedad en el uso de grabaciones, registros y entrevistas fundamentales para el trabajo antropológico/filosófico de Kusch parecen haber dejado una fuerte marca para entender el tramo de producción que aquí se presenta de la obra de Gómez. 
Me atrevo a señalar aquí que este encuentro con Kusch puede haber sido un paso hacia la consolidación de una posición en el mundo que Gómez apenas esbozaba, y al mismo tiempo un paso hacia el desencanto respecto de las organizaciones políticas entendidas tradicionalmente[6], algo que definitivamente se transformará en cinismo tras su estancia en la Unión Soviética.
Por escasez aún de documentos escritos que lo respalden acudimos nuevamente a las entrevistas con el curador y a una breve y accidentada conversación con uno de los hijos de Gómez, testigo vivo para reconstruir los años siguientes.
Sin saber exactamente cuáles fueron las ciudades en que se detuvo, sabemos sí que Gómez viaja a España primero con apoyo del Centro de Cultura Iberoamericana y luego detiene junto a su esposa su periplo errático entre Leningrado y Moscú, centro mismo de las tensiones soviéticas durante los primeros años 80. Allí nace su hijo Camilo y en el mismo instante conoce el conceptualismo soviético cuando comienza a trabajar de asistente del taller de Ilya Kabakov, un hombre que participaba intermitentemente del grupo Nuevos Artistas quienes de acuerdo con el crítico de arte Mikhail Trofimenkov “definieron su empresa como la comunicación de un desencanto enorme respecto a un medio totalmente semiotizado, o cargado de símbolos”[7]. Algo que sin dudas comienza a aparecer y se torna evidente en las obras que se exhiben de Gómez en esta oportunidad junto a los préstamos que podemos evidenciar de la obra de Kabakov. Como es el caso, por ejemplo, de la instalación de Kabakov “El hombre que nunca tiraba nada” (1988).



Quizás un problema de dinero, quizás cansancio, quizás nuevas ideas o el propio caos político previo a la disolución soviética (la entrevista con su hijo no ha podido desentrañarlo) pueden haber sido lo que provocó su regreso a Buenos Aires. En aquellos años 80 y 90 cuando Gómez vuelve a pisar suelo nacional luego de sus dos grandes y cruciales viajes, la escena artística de Buenos Aires estaba en una instancia similar a la de su propio recorrido artístico: la pintura se había vuelto a tornar un oficio interesante luego de las interdisciplinas de los 60 y 70 (i.e Nueva Imagen) pero también volvían a nacer las performances, las críticas institucionales, etc. (i.e Liliana Maresca, Grupo Escombros)[8] Sin embargo, aún en ese contexto, Gómez decide no tener presencia en el campo artístico y recluirse entre su familia, su taller y su trabajo.
Pero el caso de Gómez que presenta José Luis Landet no es la ya remanida y mecánicamente construida mirada retrospectiva sobre artistas recluidos y asombrosos por “precursores” (lo que, en cierto modo, descubre una reaccionaria visión del arte como progreso y evolución), como son el caso internacional de Franz Xavier Messerschmidt o el caso local de Esteban Lisa. Por el contrario, Gómez no se destaca por “iluminado” sino por haber producido una obra singular y, hasta ahora, desconocida... incluso “a destiempo” de lo que correspondía a su generación.
El destiempo y la anacronía son palabras ineludibles en la obra de Gómez pues la parte más llamativa de su obra, para un hombre con poco o casi nulo contacto con las nuevas tendencias del arte durante su juventud, acarrea las características de aquellas manifestaciones del arte de la segunda mitad del siglo XX en que comienzan a borrarse los límites entre las diferentes prácticas artísticas y se suspenden ciertos valores y criterios. Las figuras de autor, obra y público se mezclan; el paradigma moderno se desestabiliza y el arte se expande hacia diversos territorios. La experimentación es un punto de partida, pero también, un estado del arte cuya condición puede ser la deriva, la precariedad, lo errático, las interformas.

Gómez-Landet/Landet-Gómez

En este momento es necesario abrir un paréntesis y hacer una aclaración que nos abre la posibilidad de pensar algo más sobre la producción de Gómez: el problema de la autoría.
Es interesante leer los cambios que empieza a introducir Landet en su propia obra como artista visual desde el año de encuentro con Gómez y terminar por entender, retrospectivamente, que muchos de esos cambios se podrían deber a la influencia o a la toma de la palabra de Gómez tras los encuentros que Landet relata que tenían. Ante mi pregunta Landet responde: “Es cierto, no te lo puedo negar. Pero no fui consciente de eso... es como que el impacto que me produjo la obra influyó mucho en mi producción. Yo venía buscando algo nuevo, obvio, pero por momentos creo que Gómez me susurraba al oído algunas ideas suyas.”[9]
Pero en un momento, tras la lectura de los últimos cuadernos de Gómez, es posible empezar a pensar la “dilución de la autoría” de un lado hacia otro y viceversa. Si bien Landet parece haberse trasformado en el portavoz silencioso de Gómez tras sus encuentros, el propio Gómez es el que en estos años registra en sus cuadernos la producción de una obra con bustos de Marx (en exhibición) supuestamente encargadas por “un artista” que imaginamos es Landet, algo que el mismo Landet ha negado: “Hoy comienzo una nueva tarea se trata de hacer estatuillas con la imajen de Carlos Marxs. El trabajo me lo pide un artista el cual me enseña como se tiene que realizar molde de yeso, etc. etc”[10]
“La obra de los bastidores sin tela, por ejemplo, la hicimos en conjunto (y que él me perdone si nos adjudico la autoría porque sé que no le gustaría). En realidad yo lo ayudé en un sentido amplio. Me había ido de viaje y no lo vi por unos meses. Cuando vuelvo me doy cuenta de que habían sido los peores meses de su vida: había fallecido Magdalena, su esposa, ahí nomás de que me fuera. Y ese mismo día, cuando me contó vi que había arrancado telas, las había sacada de sus bastidores y los tenía en el medio del taller. Le pregunté qué iba a hacer con eso y me dijo “ayudame”. Así fue que nació esa obra...”[11]



Esta disolución de la autoría es algo que Gómez ya había hecho citando a su propio hijo como responsable[12], disputando en clara guerra una nueva batalla al concepto de autor. Pruebas de ello son, no solamente el evidente gesto de utilización de obras pictóricas de otros autores sino también las sucesivas impresiones, calados e imposiciones de su firma, la misma copia centenaria de los bustos de Marx o incluso la despreocupación ortográfica con que cita a sus interlocutores en sus diarios, no pudiendo distinguir con claridad cuándo empieza a hablar uno y cuándo es el propio Gómez el que se expresa.
Y esta característica de “dilución” es algo intrínseco a las tradiciones orales que Gómez bien puede haber conocido y asimilado con Kusch en Maimará: “de esta manera, ante la específica incertidumbre de la autoría y de la identidad, quizás no sería demasiado temerario afirmar que el autor material e individual de una obra no existe; debido al extrañamiento de su obra, él [crítico, psicoanalista, historiador, etc.] sólo percibirá reflejos e ilusiones y la referencia al autor permanecerá mediatizada a partir de su misma génesis”[13]

Tensiones posmodernas desde los márgenes de la periferia documental

Y es aquí donde la propia obra de Gómez vuelve a conectarse con los objetivos intrínsecos documentales y artísticos de Document Art Gallery. Gómez no solamente observa la periferia argentina en el norte o la periferia decadente del comunismo soviético sino que fundamentalmente se transforma en la periferia misma cuando decide quedarse al margen del campo artístico contemporáneo pese a todo, y cuando toma autores desconocidos para su producción. Y esos márgenes de los cánones historiográficos y de los derechos autorales son los que más lo singularizan.[14]
Respecto del coleccionismo Mario Gradowczyk dice: “Es poner en práctica un deseo individual que liga al sujeto, coleccionista, con el objeto, práctica que cruza por campos históricos, económicos sociales y culturales, entre lugares y tiempos diferentes. Su objetivo es un invariante: agrupar bajo un mismo techo un conjunto de objetos o artefactos. Pero no se trata de elementos aislados, disjuntos, por el contrario, el coleccionista trata de articular su colección mediante una acumulación de objetos ligados por propiedades afines que establecen sus propias narrativas.”[15] Nada más similar a las prácticas artísticas de Gómez: la mixtura de códigos y la estética del reciclaje, diría Richard.[16]



Pero hay algo más que colma la obra de este artista con un contenido cada vez más hondo en su propia vida: la política. Parece haber en Gómez un diálogo entre “clases de objeto” y “clases sociales” ¿Será eso lo que cruza toda la producción de Gómez desde su regreso rotundo de territorio soviético? En uno de sus cuadernos puede leerse: “Aca parece, y allá también no voi a mentirte que el militante revolucionario es distinto del obrero. Es como una cosa de época, no se. Pero yo creo que la solucion no es que el obrero se combierta en militante revolucionario, eso es ropa vieja... Lo que hay que aser es que el revolucionario reconosca su “lugar obrero”, que conozca el lugar que le toca ocupar (o el que quiere ocupar a decir verda) en la cultura para modificarla, cortarla y construir una nueva” (el subrayado es del autor)



Según el propio Gradowczyck al “investigar” el coleccionista “descubre” cruces e intensidades que, en muchos casos, han pasado inadvertidos. En el caso de Carlos Gómez esta práctica coleccionista, lejos de toda pretensión científica o investigativa (lejos de verbos como “investigar” y “descubrir”) se transforma en inventiva y específicamente creativa.
Gracias a ello nos aventuramos a llenar un vacío estético de casi 30 años con una producción original y riquísima para el campo artístico argentino contemporáneo.
                                                                                                                            
                                                                              

Marcos Krämer (UBA/MNBA) Noviembre de 2014




Carlos Gómez (1945-2014)

Pintor argentino, nacido en Provincia de Buenos Aires en 1945. Expone desde 1965. A los 9 años comienza su formación plástica con maestros de su ciudad natal y ya en Buenos Aires asiste con frecuencia a la Academia Libre de SEBA y especialmente a las clases de pintura de Ernesto Windsor.
Ha obtenido numerosos premios entre ellos el “Premio Estímulo Artista Local” del Salón Provincial en 1963 y una mención en el Salón Nacional de la Provincia de Salta en 1975.
En 1972 partió hacia el Noroeste argentino, donde vivió en San Antonio de los Cobres, Cachi, Molinos y por dos años se afincó en Tilcara con su esposa, atraído por su imponente naturaleza, el encanto de sus callejas y su soledad sin par.
En 1976 conoce a Rodolfo Kusch con quien mantendrá una fructífera relación. Desde aquel año hasta 1980 realiza esporádicas exposiciones en Galería Van Riel.
En 1980 recibe ayuda del Centro de Cultura Iberoamericana y viaja junto con su mujer a España y al este de Europa, donde nace su hijo Camilo. En aquellos años da clínicas y talleres por las distintas ciudades donde residió alternando la enseñanza con el aprendizaje: conoce y asiste al artista conceptual ruso Ilya Kabakov.
Desde su regreso a nuestro país en 1989 se asienta en su casa de Lomas de Zamora pero no hay registro de sus producciones visuales: retoma su empleo en un estudio de arquitectura.
En 2014 muere en Buenos Aires.
Sus obras tempranas forman parte de colecciones privadas del país y del extranjero.
Gracias al trabajo de José Luis Landet y el apoyo incondicional de Document Art Gallery la obra de los últimos años de Carlos Gómez podrá ser observada hoy por primera vez en Argentina.




[1] Basta mencionar las publicaciones casi conjuntas de dos libros de referencia sobre aquella efervescencia plástica en territorio nacional: Giunta, Andrea Vanguardia, Internacionalismo y Política. Arte argentino en los años 60, Buenos Aires, Paidós, 2001 y Longoni, Ana y Mestman, Mariano Del Di Tella a Tucumán Arde. Vanguardia artística y política en el 68 argentino, Buenos Aires, El cielo por asalto, 2002.
[2] Cfr. Golonbek, Claudio Coleccionismo: libros, documentación y memorabilia, Buenos Aires, Patricia Rizzo Editora, 2013.
[3] Entrevista con el curador, Septiembre de 2014.
[4] Franco, Elías “Artista bahiense galardonado. La obra de Carlos Gómez en el Salón salteño” en Diario La Nueva Provincia, 12/06/1975.
[5] Entrevista con el curador, Septiembre de 2014.
[6] Rulli, Jorge “Algunas reflexiones sobre Rodolfo Gunther Kusch” en Parar el mundo. Portal de noticias del Grupo de Reflexión Rural, 2/05/2014.
[7] Trofimenkov, Mikhail. “Arte independiente: Viejo y “Nuevo” En La juventud y los problemas de la cultura artística contemporánea, Leningrado, Instituto de Teatro, Música y Cine, 1990.
[8] Usubiaga, Viviana Imágenes inestables. Artes visuales, dictadura y democracia en Buenos Aires, Buenos Aires, Edhasa, 2012.
[9] Entrevista con el curador, Septiembre de 2014.
[10] Gómez, Carlos, Cuadernos, Buenos Aires, Document Art Gallery, en edición.
[11] Entrevista con el curador, Septiembre de 2014.
[12] Gómez, Carlos, Cuadernos, Buenos Aires, Document Art Gallery, en edición.
[13] Arruabarrena, Héctor “Introducción” en Léví-Strauss, Claude, Mito y Significado, México, Alianza Editorial, 1989, p. 10.
[14] Richard, Nelly “Latinoamérica y la posmodernidad: la crisis de los originales y la revancha de la copia” en AAVV Visión del arte latinoamericano en la década de 1980, Lima, PNUD/UNESCO, 1994, pp 39-44.
[15] Gradowczyck, Mario “¿Qué es coleccionar? ¿cuál es el perfil del coleccionista? ¿por qué y para qué? Apuntes sobre el coleccionismo” en Revista de artes visuales Ramona, Nº 59, Abril de 2006, pp 70-78
[16] Richard, Nelly “Latinoamérica y la posmodernidad: la crisis de los originales y la revancha de la copia” en AAVV Visión del arte latinoamericano en la década de 1980, Lima, PNUD/UNESCO, 1994, p 42.

domingo, 22 de septiembre de 2013

José Luis Landet - Taxonomía de un paisaje (Dotfiftyone Gallery, Miami)




Cuando George Sand, la conflictiva escritora del Romanticismo, era tan solo una joven mujer embarazada, una ligera enfermedad la obligó a encerrarse en su habitación seis largas semanas y olvidar durante ese tiempo las cabalgatas por el parque que tanto disfrutaba. Con tristeza pero con esperanzas se encargó de trasladar hasta su cuarto el propio parque: el techo se cubrió de una tela verde, las esquinas rebosaban de ramas de abeto y unas aves tímidas fueron llevadas a volar entre esas cuatro paredes oscuras.

Recrear un paisaje amado, intentar volver a verlo exige que lo conozcamos en toda su intimidad. Traer un paisaje nuevamente ante nuestros ojos nos enfrenta a la necesidad de definirlo de un modo caprichosamente subjetivo: tan solo una tela, unas ramas y una bandada de pájaros fueron necesarias para llevar el bosque de Sand puertas adentro.

Cuando Landet trabaja, su clasificación es el camino certero para conocer hasta el detalle más minúsculo de esas pinturas desconocidas. Así las corta, las tapa, las mancha y casi sin quererlo las rescata del olvido.

Pero su taxonomía es algo más que un modo compulsivamente obsesivo de clasificar y ordenar. La taxonomía es también aquí un modo de narrar porque narrar es reunir sucesos en el tiempo, como pueden reunirse cientos de pequeños cuadrados de lienzos distintos y hacernos creer que nacieron de un mismo pincel.

Las pinturas con las que trabaja Landet, aquellos cuadros empañados por la indiferencia y que algún desalmado abandonó en un mercado de pulgas, fueron en algún momento una narración detenida, una historia visual y llena de íntimas anécdotas que sólo se revelaron a los hombres detrás de las firmas. Son, ahora lo se, como aquellas historias que se escuchan durante generaciones en el centro de una mesa familiar, como si fueran antiguas narraciones orales perdidas también tras un retrato oculto, una fotografía mutilada o una serie de firmas manuscritas.

Sólo después de haber mirado con la paciencia de un científico Landet pudo escuchar las anécdotas que aquellos cuadros han contado alguna vez. Pero las mezcló, las fragmentó, las interrumpió amargamente con un muro o una mancha espesa y negra para narrar las historias de una generación diferente, marcada por otros horrores. Así, y sólo así, Landet nos deja entender que regresar sobre las imágenes del pasado y darles un orden distinto no es solamente un modo de crear una obra original sino que así le ofrece a todo lo que nos antecede la chance de no morir en el olvido.

Cargado de esperanzas entonces José Luis Landet ha logrado que en el medio de esta galería de blancas e iluminadas paredes (ya no el oscuro cuarto de Sand) veamos nacer un paisaje completo e íntimo, el que añoramos y secretamente narraremos a los hijos de nuestros hijos.



miércoles, 10 de abril de 2013

José Luis Landet - A sub umbra (Revista de Arte Magenta - Abril de 2013)


José Luis Landet – A sub umbra
Por Marcos Krämer

El paisaje es la parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar. El diccionario lo dice y podemos creerlo. Pero por breve esa definición es ligeramente equivocada porque el paisaje es sólo una muestra burdamente incompleta de la naturaleza.

Un paisaje es un sitio real que se mira (o que se ha mirado) desde lejos. Tanto si es un paisaje que observamos directamente como uno pintado o fotografiado, la cercanía lo anula y lo niega: observarlo con la nariz pegada a ellos los transforma y desgrana. Porque un paisaje es algo que se crea con la mirada, no con el resto del cuerpo: su tacto y sus olores sólo pueden ser imaginados o recordados pero nunca vividos en el presente del paisaje que observamos. También por eso un paisaje no tiene individualidades sino grandes y vagas formas que apenas podemos describir: solamente grupos de árboles, colores aparentemente rotundos, escasos movimientos.

Detenerse en la naturaleza que observamos y preguntarse por sus formas específicas convierte al paisaje en terreno del mismo modo en que lo hace la cotidianeidad: a los paisajes se va una sola vez pero al regresar ya se han convertido en terrenos para nosotros.

Es cierto que las más recientes obras que José Luis Landet expone en Document Art Gallery hechas con pequeños pedazos de antiguos paisajes pintados pueden hacernos volver a preguntar sobre éstas diferencias (más aún si atendemos al título de la exhibición, “Verosímil/Ficcional”).

También es cierto que podríamos pensar a las obras de Landet como una reacción violenta a la tradición, un gesto maquinalmente vanguardista de apropiación y alteración de las tradiciones hegemónicas de la figuración, el paisaje como género pictórico, y muchos otros etcéteras. Pero tanto los materiales de los que se vale como el proceso que los modifica y las obras que ha generado nos permiten pensar aún sobre algo más interesante.

Desde hace algunos años atrás tengo en mi casa seis cuadros al óleo que mi tatarabuelo pintó hace mucho tiempo ya. Aún sin colgar, arrumbados desde que los heredé, los paisajes que aquel hombre ha pintado parecen estar incómodos  y enrarecidos allí apoyados en el piso: una cabaña en la entrada de un bosque, un camino que se abre entre dos campos de cultivo, un par de árboles furiosos, un lago frente a una montaña, un río sobre el que cuelga un sauce, dos casas de techo rojo entre el verde de una montaña. Seis horizontes a la altura de mis tobillos. Seis paisajes poco reconocibles de un autor casi enteramente anónimo que apenas sobrevive por los relatos familiares.

En las obras de Landet este tipo de pinturas anónimas y aparentemente intrascendentes son el material mismo de su producción. Landet buscó durante meses cuadros baratos en los mercados de pulgas, paisajes tonalizados por el tiempo y cubiertos de una pátina melancólica. Los ha recortado mediante una grilla milimétricamente marcada y ha logrado obtener cientos de pequeños cuadrados iguales que redistribuye, sólo aparentemente, al azar.

Si pensamos en la porción más manual del proceso que lleva a Landet a recortar y reposicionar los fragmentos sería sencillo, pero falaz, pensar que se comporta casi como un científico o como un académico: clasificando, fragmentando, analizando, volviendo a clasificar, citando y concluyendo (Hace un par de años Landet dijo que su taller era como un laboratorio). Pero querer entender el arte conceptual como una ambigua producción científica es olvidar sus aspectos sentimentales y olvidar las otras aristas que lo componen: aquellas que más se parecen a las de sus ocasionales y simples espectadores.

Conviví con los cuadros de mi tatarabuelo desde mi infancia, cuando estaban colgados sobre las paredes de una lejana casa de la provincia de Córdoba, cuando sus colores no estaban tan apagados y sus figuras aún no se habían craquelado lo suficiente como para denotar el severo paso del tiempo. Hoy podría afirmar que en el transcurso de los años de vida que llevan estos cuadros no fueron vistos por más de cincuenta personas. Sin embargo ninguno de ellos, ni siquiera yo hasta hace algunos años cuando me adueñé de estos cuadros, se detuvo frente a este tipo de paisajes como merecen ser vistos, como lo ha hecho Landet con los cuadros que recorta: con asombro.

Asombrar es causar gran admiración. Asombrar es ver o sentir algo nuevo, es experimentar algo distinto sobre algo que ya conocemos. Porque asombrar es, etimológicamente, sacar algo de las sombras y devolverlo a la luz: A sub umbra. Pero sabemos que regresar algo de las sombras, lleve el tiempo que lleve “aquello” en la oscuridad, es verlo otra vez sólo para hacerle nuevas preguntas y volver a colocarle sombras, dudas, interrogantes. Asombrar es aclarar y oscurecer en el mismo movimiento.

Al mirar las obras de Landet es imposible no querer recomponer los paisajes identificando los fragmentos y buscando a sus compañeros diseminados en la misma obra o en las restantes como en un divertido y a la vez exasperante rompecabezas. Observar estas obras es querer recuperar la imagen que ninguno de nosotros ha visto de esos paisajes, su imagen completa, que sólo Landet ha visto cuando los encontraba entre muebles antiguos, carteles publicitarios de chapa, vajillas, copas y otros objetos de los mercados de pulgas. Pero, ¿dónde está el asombro en las obras de Landet?

El asombro está allí en cada uno de los pequeños cuadrados que la componen, en haber reconocido la gran admiración y las preguntas insistentes que se han hecho estos pintores anónimos sobre el paisaje que observaban. Pero no con una mirada amplia y abarcativa sino una mirada que se detenía en los detalles: los distintos y pequeños colores que tiene un mismo cielo, las ligeras variaciones de las formas de un árbol diminuto, las ligeras curvas que hace un río en uno de sus trechos. Landet, recortando y distribuyendo por tonos, por colores o por tipos de pinceladas, vuelve a detenerse en los detalles en los que se detuvieron estos pintores desconocidos, como en los que se detuvo mi tatarabuelo al pintar estos paisajes que hoy me miran desde abajo. Así las obras de Landet son, también, un pequeño homenaje a los talentos perdidos y sólo reconocidos por las anécdotas familiares.

¿Qué otras personas observan desde los detalles casi olvidándose de las grandes estructuras? Los niños. Para ellos los paisajes directamente no existen, no se detienen en la belleza estetizada de una cascada y su entorno natural ni en el modo en que un atardecer colorea una sierra. Son las piedras pequeñas, las flores o los árboles para colgarse aquellas cosas que les causan admiración. Se asombran con la inmensidad sólo cuando está cerca y pueden compararla con sus propios cuerpos, desde sus propios cuerpos.

El asombro es para Landet algo que el espectador debe encontrar en sus obras pero no por ello recurre a las proyecciones, las luces o las estructuras gigantes y espectaculares o a la propia sensación de inconmensurabilidad de los paisajes románticos. Y quizás por esa razón la infancia es un sustrato común en gran parte de sus obras.

En “Un libro rojo” (2007) construyó una escalera de madera que se inclinaba y terminaba en un pequeño compartimiento de madera que colgaba del techo como un ático. Una vez allí, con la cabeza solamente protegida y las piernas sobre la escalera, aquel cubo de madera exhibía libros clavados y completamente subrayados en un fatídico color negro. La militancia política de sus padres en plena dictadura militar y el descubrimiento, tras las puertas superiores de un armario, de libros que se creían “subversivos” son las principales bases sobre las que se desarrolla aquella obra. En “Volemia” (2012), también una instalación, un rincón de la galería neoyorkina Dotfiftyone fue protagonista. Allí desde una pequeña caja de madera a la altura del techo goteaban lentamente 6 litros de tinta negra sobre una pila de 5034 hojas. Hay allí, reconocería Landet luego, “algo de las impresiones caseras de panfletos que hacían mis padres y donde me manchaba con tinta las manos”.

Al crear con el asombro Landet regresa quizás involuntariamente sobre aquellas marcadas experiencias de la infancia, las regresa a la luz y utiliza sus obras, entre otras cosas, para llenarlas de nuevas sombras. Pero Landet tiene hoy un hijo de cuatro años y puede observar bien de cerca los asombros que guían el crecimiento. Quizás ya haya comprendido, como escribió Héctor Tizón, que el tiempo no se mide en años sino en asombros.

Los cuadros de mi tatarabuelo son seis pequeños paisajes de geografías que apenas conozco y casi no podría ubicar en algún mapa. Incluso supe que eran de él cuando ya había abandonado la adolescencia. Mirarlos y preguntar por ellos fue volver sobre la historia heredada y sobre los recuerdos de mi propia familia. Es aquí donde el mecanismo del asombro, aquel sacar y regresar a las sombras, es idéntico al de la memoria. Aquella que une las historias familiares y aquella gracias a la cual hoy festejamos la valentía de jóvenes como los padres de Landet.

Quizás sea este, ahora sí, el momento de colgar aquellos cuadros de mi tatarabuelo y devolverlos al lugar para el que fueron pensados, a la altura de un par de ojos adultos. Quitarlos de las sombras para volver a ensombrecerlos con nuevas preguntas y nuevas respuestas. Porque podrán regresar a la pared sólo después de haber comprendido, como lo ha hecho Landet, que estos cuadros valen no tanto por su majestuosidad técnica, por sus propuestas estéticas o por su “carácter decorativo” sino por ser, sencilla y dramáticamente, la reafirmación de la memoria y, de tal modo, un acto político actualizado y profundamente tajante. Porque la reflexión sobre la memoria y el acto de crear (las pinturas de paisajes o las obras de Landet) no son objetivos separados sino el mismo: no se puede hacer una obra de arte sin estar haciendo explícito un ejercicio de memoria. Una vez que comprendamos esa interrelación el arte, en cualquiera de sus formas, será político aunque no lo pretenda. Y en aquel momento, elegir un cuadro y colgarlo en la pared también lo será.


José Luis Landet - “Verosimil/Ficcional”

Document Art Gallery. Martin Ignacio de Loyola 32 (CABA, Argentina)

Desde el 13 de marzo de 2013 al 30 de abril de 2013
Horario: Lunes a viernes de 10 a 16hs (Horarios especiales y fines de semana con cita previa)